Formación de precios e inflación (Parte III)

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En nuestro último número dejamos abiertos una serie de temas o nudos problemáticos a discutir. Centralmente, dijimos que la apropia-ción del excedente era uno de los puntos a ha-cer foco a la hora de indagar en los procesos inflacionarios. Esto significa observar cómo se desarrolla la puja distributiva, tanto entre capital y trabajo, como entre distintos capitales.

Emilio Katz plantea que los aumentos sala-riales pactados en paritarias repercuten en las estructuras de costos de diferente manera. En las micro, pequeñas y medianas empresas, cu-yos procesos productivos suelen ser mano de obra intensivos, todo aumento afecta la estruc-tura de costos en un 25%. “Por el contrario, en las grandes empresas monopólicas u oligopóli-cas, que producen con capital fijo intensivo y al-tos niveles de robotización, el aumento reper-cute en un 5% en la estructura de costos”. Este grupo de empresas tiene la capacidad de fijar precios a su arbitrio, lo que significa que si tras-ladan el aumento salarial a los precios por en-cima del 5%, obtienen una ganancia extraordi-naria que acaba siendo causal de inflación. O sea, estas empresas ganan dinero aumentando los precios. No es que aumentan los precios para compensar el aumento de los salarios en sus costos, o para amortiguar dichos aumentos, sino que las grandes corporaciones utilizan la excusa del aumento salarial vía paritarias para aumentar los precios por encima de su impacto real interno. Esto implica una apropiación ma-yor del excedente por dos vías: a nivel intra-em-presa por no repartir ganancias con los trabaja-dores; y a nivel inter-empresa por vender a ma-yores precios a otras empresas o a los consu-midores. Si la empresa es productora de insu-mos básicos, como puede ser Techint, lo que hace es venderle más caro a las empresas que necesitan de ese insumo para producir. Como Techint es inmensa y monopólica, y sus clientes suelen ser más pequeños, les fija precios que están obligados a pagar resignando parte de su ganancia en una futura venta o viéndose obli-gados a aumentarles los precios a sus respec-tivos clientes. Si el aumento nace al comienzo de la cadena de valor, con la empresa monopó-lica productora de insumos básicos vendiendo más caro, lo más probable que suceda es que se encadenen una sucesión de aumentos de
precio a lo largo de la cadena, llegando el pro-ducto al mercado de consumidores finales con un marcado aumento. Si la empresa monopó-lica está al final de la cadena, como puede ser la industria automotriz, lo que sucede es que le impone a sus proveedores precios menores para la compra de sus insumos so pena de no comprarles más. Esto implica que los sectores más concentrados generan y capturan los au-mentos de precios.
Al mismo tiempo, lo que busca el capital es el aumento de la productividad. ¿Qué significa aumentar la productividad desde la mirada del capitalista? Significa que los obreros produzcan más en el mismo período de tiempo y por el mismo salario, lo que se traduce en una ganan-cia extraordinaria. Esa ganancia puede ser pro-ducida por pequeñas, medianas o grandes em-presas, el asunto radica en su apropiación. Lo que suele suceder es que los sectores más con-centrados capturan los aumentos de productivi-dad mediante una política de fijación de precios.

Uno de los ejes de la puja distributiva radica en estos aumentos de productividad. El obrero no es zonzo. Se da cuenta cuando le hacen pro-ducir más, su cuerpo lo siente, sus ojos lo ven, pero su salario es el mismo. Ese es un foco de malestar e insatisfacción que se resuelve solo por la vía de la organización. El obrero, solo, no puede hacer nada más que padecer los aumen-tos de productividad. A lo sumo puede ir por su cuenta a hablar con el gerente a pedirle un au-mento de sueldo pero lo más probable es que le digan que no o, si demanda en términos du-ros, que lo echen. Por esto es que el obrero debe juntarse con otros obreros y demandar, como mínimo, participar en la distribución de la ganancia de la empresa. No olvidemos que el valor que el empresario lleva al mercado para intercambiarlo por dinero es producido por el trabajo humano. El capitalista cuenta con una cobertura jurídica que dice que es dueño de la empresa y por tanto dueño del excedente que producen los trabajadores pero lo cierto es que eso es letra legal que puede y debe ser discu-tida por las organizaciones obreras. Discutir la participación obrera en la ganancia empresaria debería ser el próximo elemento a introducir en las discusiones paritarias anuales, fundamen-talmente en las grandes empresas, que son las que se han apropiado de buena parte del exce-dente en todos estos años.

Ahora bien, estos escenarios de aumento de precios y de aumentos salariales vía paritarias se suelen traducir, a nivel mediático, en la cul-pabilización del movimiento obrero. Los precios aumentan porque los sindicatos no son razona-bles en sus demandas. Está claro que, más allá de la incidencia que vimos que tienen los au-mentos salariales en las diferentes estructuras de costos, los grandes medios de comunicación actúan como voceros de las grandes corpora-ciones y de los sectores más concentrados de la economía. Esos sectores prefieren salarios deprimidos, fundamentalmente porque son em-presas exportadoras. No les interesa tanto el mercado interno sino colocar su producto fron-teras afuera, para lo cual prefieren salarios ba-jos (como sucede en India, China, Brasil y tan-tos otros países emergentes). Entonces, a tra-vés de los medios, nos dicen ahora que la culpa del aumento de precios es responsabilidad del gobierno saliente, que hizo mal las cosas, y del movimiento obrero organizado, jamás que las grandes corporaciones poseen una parte im-portante de la responsabilidad en el fenómeno inflacionario. Por eso nos hablan de “sincerar” la economía. ¿Qué implica esto? Bajar salarios.
El asunto, de todas formas, es que la puja distributiva se juega en diferentes terrenos. No existe una fórmula única que resuelva los pro-cesos inflacionarios sino que existen distintas fórmulas en distintos escenarios, los cuales para colmo están interrelacionados, lo que hace que las fórmulas deban considerar esos dife-rentes escenarios (por ejemplo, fijación de sa-larios, de tarifas, de insumos y de productos fi-nales).

Hernán Letcher y Julia Strada identifican en un artículo dos elementos claves de la inflación de los últimos años: por un lado, lo que venimos destacando, la profunda incidencia de las ra-mas altamente concentradas de la industria en la fijación y aumento de precios. Por el otro, el rol político, económico y cultural del dólar. Te-nemos una historia no muy lejana de fuertes de-valuaciones e hiperinflaciones que han dejado su huella en la memoria colectiva. La defensa del ciudadano de a pie ha sido la de refugiarse en la moneda norteamericana. Esto es usufruc-tuado por los grandes medios generando una especie de paranoia en torno a la cotización de la moneda. Sabemos que los sectores más con-centrados buscan socavar nuestra soberanía
monetaria porque de esa manera se apropian de una mayor porción del excedente. Cada de-valuación supone una transferencia de ingresos hacia los sectores exportadores. Por esto es que presionan política y mediáticamente sobre el valor de nuestra moneda, intentando generar escenarios que obliguen a una devaluación pro-funda. Cuando esto sucede, si el gobierno de turno se encuentra debilitado o es prescindente respecto de su rol de control, lo más probable es que se empiecen a encadenar aumentos de precios, devaluaciones y corridas cambiarias hasta el extremo de producir procesos hiperin-flacionarios cuyas consecuencias ya son de so-bra conocidas.

Por esta razón, es clave que el Estado se haga con determinados resortes de la econo-mía y que trabaje culturalmente en desarmar esa cultura del dólar que ha sido internalizada. En nuestra próxima entrega indagaremos sobre estas posibilidades. Buscaremos dar respuesta a cosas como las que siguen: ¿cuáles son esos resortes que debe controlar el Estado? ¿Se debe avanzar en la nacionalización de la eco-nomía? ¿Se puede desconcentrar el aparato productivo? ¿Se debe prohibir la venta en dóla-res, por ejemplo de inmuebles, al interior de nuestro mercado? Y una pregunta central: ¿puede el mercado resolver los grandes proble-mas que afectan a las sociedades contemporá-neas?
Trabajaremos sobre estos puntos para ver de qué forma el sistema de precios en un esce-nario de libre mercado acaba beneficiando a los sectores más concentrados de la economía y que las medidas que se deben tomar no son tan simples como los economistas liberales nos quieren hacer creer que son.

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