La pelota no se mancha

Diego Armando Maradona fue para quien suscribe el más maravilloso jugador de futbol en toda la historia de la humanidad. Dicha categorización determinante traza su base argumentativa en algunas características físicas y psíquicas de este pequeño gigante que, paradójicamente, se encontraba deslumbrando al mundo desde un modesto instrumento anatómico de tan solo 1,63 mts. de altura.
A las condiciones físicas y técnicas debemos sumarle su capacidad estratégica dentro del campo de juego, su dominio para armonizar en un mismo partido las diferentes tácticas para alcanzar el resultado pretendido y su inconmensurable liderazgo carismático, el que luego desbordaría ampliamente los límites del mundo fútbol para embarrarse de lleno en las controversias del mundo capitalista, para tomar posiciones claras, contundentes, sin especulaciones ni medias tintas.
Vale la pena decir que Maradona, al igual que las otras mega estrellas deportivas del mundo, fue tentado en sus comienzos para ser un nuevo niño mimado del sistema; hubiera podido triplicar sus logros deportivos, su fortuna y su reputación burguesa.
Rechazó todo. Eligió valerse por su arte y sostenerse en sus valores. Pagó y seguirá pagando el costo de semejante posicionamiento. Pero también en esa postura rebelde acaparó la atención de los sectores populares y de los referentes políticos más progresistas y contestatarios del planeta, que vieron cómo el Diego se carajeaba con el Vaticano (“En el Vaticano hablan de los pobres pero tienen oro hasta en el cielorraso”), con la AFA (“A Grondona se le escapó la tortuga renga”), con la FIFA ("No quiero que Havelange diga que me quiere como un padre.
Yo no soy un hijo de puta"), con EE.UU., con Inglaterra o con el mismo Pelé como su antítesis, como aquel que se entregó en cuerpo y alma al poder económico (“Que Pelé se calle la boca, que debutó con un pibe…”), con Mauricio Macri cuando era Presidente de Boca (“Ese es el Cartonero Báez”) —años después sigue enfrentado con quien ahora es el Presidente de la Argentina (“Tengo el segundo año comercial y leo mejor que Macri… No sabe leer y es Presidente")— y tantos más. En un mundo plagado de drogas y partuzas en todas las altas esferas de poder, a Maradona se lo señaló y se lo criminalizó. Y lo que no le perdonaron es que el Diego corre los velos del poder, habla de sus miserias, sus nefastas intenciones. Y como si fuera poco, con el correr de los años comenzó a vincularse con los referentes políticos que más incomodan al establishment internacional.
El Diego tuvo siempre una profunda conciencia política a la que jamás traicionó y por la cual alcanzó el status, como diría el inmenso Eduardo Galeano, de Dios pagano. Decía Eduardo: “Este ídolo generoso y solidario había sido capaz de cometer, en apenas cinco minutos, los dos goles más contradictorios de toda la historia del fútbol. Sus devotos lo veneraban por los dos: no sólo era digno de admiración el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas, sino también, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano robó…
Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas”.
El 22 de Junio del año 1986, en el Estadio Azteca de la Ciudad de México, cambiaría para siempre la vida de Maradona. Un acontecimiento deportivo movilizaba el espíritu de una Nación. Cuatro años después de la dolorosa guerra de Malvinas, Argentina volvía a enfrentarse a Inglaterra, ahora dentro de un campo de juego. Allí Maradona tuvo dos intervenciones que lo catapultaron a un nivel extrafutbolisitico del que Diego no sólo jamás renegó sino que, por el contrario, asumió con orgullo. En ese partido hizo dos goles, el primero con una mano perfectamente solapada ante la salida del arquero inglés; acto seguido, con una diferencia de minutos, logró el gol más famoso de la historia, considerado el más hermoso de todos los tiempos.
Argentina le ganó a Inglaterra y accedió a las semifinales de la Copa del Mundo, pero además, la trascendencia de ese triunfo, su valor simbólico, le otorgaría a Maradona su credencial de figura en el olimpo del neo nacionalismo popular. En referencia a ese primer gol, al enfrentar los micrófonos de la prensa internacional que dudaba de la validez del mismo, recién salido del vestuario y ya consumadas sus más gran-des proezas deportivas, el Diego dirá: “no fue mi mano; fue la mano de Dios”.
Maradona había logrado rescatar algo de justicia para nuestro pueblo derrotado. Sería a partir de ese momento la expresión antimperialista más definida del firmamento argento. Es a partir de allí que su figura se desdobla; los años siguientes lo encontrarán cada vez más comprometido en su enfrentamiento con el negocio del fúbol, peleando con los poderosos, empresarios, dirigentes, representantes, y defendiendo a los débiles, los futbolistas. La FIFA, el Vaticano y EE.UU serán sus enemigos supra estructurales; Cuba y el Che sus estandartes; Fidel —más luego Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega— serán sus amigos (“A los políticos les saco una ventaja: ellos son públicos, yo soy popular”). En la Argentina, luego de 12 años de kirchnerismo, será, como el mismo se definió, “un soldado de Cristina”. Maradona no necesita que nadie lo convenza de nada, él sabe perfectamente a quién le cree y a quién no, y lo demuestra interviniendo y tomando posición sin vacilar, sabiendo mejor que nadie el valor de su aura.
Maradona aparece y el mundo se paraliza, la gente lo adora a niveles de religiosidad. Desde esa toma de posición constante, Maradona continuará interviniendo en la realidad política, y en su andar irá sumando enemigos y adepto, y tanto unos como otros servirán para acrecentar su figura.

En su devenir verborrágico y súper polémico, el Diego transcurrirá diferentes momentos, su vida será también la expresión de la hipercomunicación y el incipiente reality show (al estilo The Truman Show) que comenzaba en la década del ‘80, en la que él se convierte en el hombre más famoso del mundo.
Por eso, aquellos que le toman la leche al gato lo juzgan por sus declaraciones sin reconocer que ellos, si tu-vieran micrófonos y cámaras que lo siguen 7 días por 24 hs., serían presos de tantas o más contradicciones que las que tuvo, tiene y tendrá Maradona, como todos los mortales ("Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo.").
Lo cierto es que Maradona debió sufrir la persecución dentro de la FIFA. A partir de 1990 fue víctima de una guerra fría con el negocio del fútbol, su maravilloso indisciplinamiento frente al poder lo llevó a ser condenado al escarnio público de ser señalado como “drogadicto”, mote con el que se lo intentó anular como voz autorizada y referente indiscutido del mundo fútbol. El renacimiento de la selección de fútbol en 1994 luego de su regreso al combinado nacional, puso a la Argentina en el centro de la tormenta; el revoltoso de Maradona había decidido volver a su hábitat natural, y dentro de ese rectángulo verdoso y allanado nadie era capaz de vencerlo. Pero sus enemigos, poderosos en la tierra santa de la conspiración y el delito, sacaron al Diego de la carrera por el Mundial de EE.UU. 1994. Lo hicieron descaradamente con una enfermera haciéndole la última marca personal en un Mundial; y ahí, a todos, Diego, NOS CORTARON LAS PIERNAS. Los mismos ricachones que le ofrecieron la lujuria del dinero, la fama y la reputación asegurada, ahora, cuando el Diego ya era ante el mundo un referente indiscutido de los sin voz, de los desplazados, los eternos perdedores, ahí los miserables lo pateaban en el piso, en jauría, cobardes. Dice el director de cine bosnio Emir Kusturica de Maradona: “Si este gordo no hubiera sido futbolista, seguro hubiera sido revolucionario”.
Intentaron destruirlo con saña y alevosía. Pero no se dieron cuenta de que un DIOS sólo puede ser tal si hay un pueblo que confía y tiene fe en él. El Diego no es más ni menos que lo que la gente ha querido hacer de él. Por eso a cada paso surge una construcción colectiva, de valor artístico, simbólico, en donde se va perpetuando la divinidad; los años pasan y este hombre mantiene la imantación al palo.
Artistas, políticos, deportistas, escritores, famosos ,“respetados” y millones de anónimos, lo adoramos y admiramos en igual proporción, sin esperar a un ser celestial puro o santísimo, sino que nos alcanza y sobra con un gordito que no se calla la boca, que no hace reverencias, que alcanzó la gloria de convertir sus destrezas con la pelota en expresiones artísticas que emocionan hasta llorar; que construyó desde su temperamento adentro de la cancha una razón para creer en un país cansado de penurias, que siempre defendió a los más débiles, y para ello siempre se la jugó afuera de la cancha, en forma de huevos. ¿Qué más decir? La corto acá. Gracias Maradona, que tengas unos felices 56 pirulos y, como inmortalizó el Potro Rodrigo en ese grito desde sus más sinceras entrañas:
Te quiiiieeeeroooo Dieeegoooo!!!!

Sr. Petardo

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