La violencia del sistema

Al ser la Yoli una revista que sale, en la medida de nuestras posibilidades, cada 45 días, la coyuntura a veces nos juega en contra, fundamentalmente en esto de que hay temáticas que aparecen y se van entre números, o temáticas que nos estallan con la revista a punto de ir a imprenta. Esto es lo que nos sucedió, en buena medida, con este número. La violencia institucional nos había convocado a partir de su recurrencia cotidiana en los barrios pobres, aplicándose insistentemente en jóvenes varones que visten ropa deportiva y tienen la tez oscura.
Pero también esa violencia se había expresado en el 31° Encuentro Nacional de Mujeres donde, al igual que el año pasado, la policía cerró las jornadas de debate y movilización reprimiendo. Ahí se iba condensando aquello que finalmente decidimos que sea la temática central del número: la violencia institucional. Pero en el medio, o mejor di-cho, al mismo tiempo que la policía reprimía en Rosario, a Lucía Pérez la violaban y mataban en Mar del Plata.
Y la violencia institucional pasó a ser vista como parte de una violencia más amplia y sistémica que opera como fundamento del sistema capitalista y patriarcal en el que vivimos. Entonces, decidimos que la editorial invite a pensar en la violencia que nos circunda y nos cruza, violencias naturalizadas, cotidianas, que funcionan de forma tal que el sistema se siga reproduciendo según determinados parámetros.
La violencia cumple un rol fundamental, que es el de generar miedo, terror y desconfianza; el de inmovilizar, individualizar y descolectivizar; el de evitar que las personas piensen que se puede cambiar el mundo a partir de la confianza, del amor y del respeto por el otro. Pero esto di-cho sin ser ingenuos y naif, sino en su forma más profunda y sincera: mirarnos hacia adentro y hacer la reflexión respecto de cuánto confiamos, amamos, aceptamos y respetamos al otro. Sin esa mirada hacia adentro de cada uno no hay posibilidad de cambiar el afuera social.
Sin esa mirada solo hay enunciados: “tenemos que…”, “hay que…”, pero cuando nos toca actuar lo hacemos según los mismos criterios que el sistema nos introyectó desde nuestra más tierna infancia.
Así es que desde la ATUNLa fuimos complejizando la discusión. Arrancamos con la violencia institucional de las fuerzas de (in)seguridad, expresión fierrera, torturadora e impune de una fuerza que debería proteger a los débiles del sis-tema y no debilitarlos aún más. Pero caes en la cuenta de que las fuerzas policiales no están para “servir a la comunidad” sino para garantizar los preceptos sagrados y la moral del sistema capitalista, sobre todo la propiedad privada. Vemos, cuando los medios de (in)comunicación nos lo permiten, que la policía no solo aparece torturando y matando en barrios pobres y marginales sino también reprimiendo a trabajadores que cortan rutas u ocupan fábricas.
El sistema quiere sujetos dóciles, sin conciencia, que acepten con resignación su “destino”. Las fuerzas de (in)seguridad están ahí para recordártelo.
Esa violencia institucional, por si fuera poco, se manifiesta en otros campos, también fértiles porque se basan en relaciones de poder muy marcadas. Una, la violencia obstétrica, también muy presente cuando se trata de mujeres jóve-nes y pobres, pero presente en general, porque el vínculo de poder del médico, que “va a traer tu hijo al mundo”, con la madre embarazada puede llegar a ser de una desigualdad tan brutal que esa imagen bella del embarazo y del parto, que la moral y la ética fayuta del sistema nos vende, acaba siendo una farsa. Otras violencias: las que se aplican sobre los migrantes, sobre los ilegales, sobre las minorías, sobre los “locos”.
La institución es la sedimentación de procesos sociales, por tanto es emergente de un sustrato cultural, político, moral y económico. La institución no es violenta en sí misma sino que es la violencia subyacente la que se expresa luego como institución. De ahí que toda generalización comporte una discriminación de aquellos sujetos que no se ajustan a la violencia institucional. Podemos decir que todos los policías son corruptos y torturadores; podemos decir que todos los obstetras son seres que han perdido el amor por el prójimo; etc. etc., y seguramente estemos siendo injustos con los policías honestos y los obstetras copados.
Pero lo que acá discutimos no es la particularidad o la excepción sino la ex-presión institucional y generalizada de la violencia sistémica. Esa violencia está ahí porque vivimos en sociedades cruzadas por profundas desigualdades de diverso tipo.
A fines de los 60 y durante los 70, se dio una fuerte discusión en torno al sujeto revolucionario. La teoría marcaba que la clase trabajadora era la depositaria universal del afán emancipador. Era su crecimiento exponencial, su asalarización, su incorporación masiva a las fábricas y las ciudades, la que iba a conducir a un proceso irreversible de toma de conciencia respecto de su rol revolucionario. Pero esto, por diversas razones, no sucedió en forma generalizada ni en los términos en que la teoría lo planteaba. Así, la discusión sobre la revolución y el sujeto revolucionario empezó a incorporar otras problemáticas, no tan basada en la división por clases según criterios económicos sino también divisiones por género, o incluso ni siquiera divisiones sino procesos de experimentación y ruptura res-pecto de la moral socialmente extendida. La liberación sexual, el consumo de drogas, las ex-presiones artísticas experimentales, pasaron a formar parte de la lucha contra esa violencia socialmente diseminada.
A veces, las luchas se articulaban, y a veces corrían por canales separados. De ahí el eslogan de aquellos años: “sin re-volución sexual no hay revolución social”. Los varones querían hacer la revolución social, eliminar la división clasista de la sociedad, pero no tocaban las divisiones sexuales y de género. La desigualdad continuaba presente. El patriarcado seguía rigiendo.
Desde los 80 en adelante, estos debates no volvieron a darse en los mismos términos. Y si bien existieron avances y retrocesos, nada ha cambiado demasiado, al contrario, todo ha empeorado. Vivimos en sociedades que son mucho más desiguales que hace 40 años. La distribución del ingreso favorece escandalosamente a
una elite acaparadora de riquezas. Las posibilidades de vivir una vida digna están cruzadas por la situación económica, educativa y de género. De aquí que la violencia institucional y sistémica de la que hablamos se aplique de diferentes formas y sobre distintos cuerpos. La división clasista nos divide piramidalmente a partir de nues-tros ingresos y patrimonios.
La división por género corta transversalmente esa división clasista e inclina la pirámide ligeramente hacia uno de los lados, de forma tal que la mayor expresión de la desigualdad y de la violencia se aplica sobre los sectores más vulnerables, o sea, los pobres y las mujeres. Y la violencia, de institucional pasa a ser sistémica. Está ahí como recurso final de adoctrinamiento y sumisión. A los que osen levantar la cabeza, a los que pretendan salirse de los mandatos socialmente impuestos, a los que crean que pueden transitar caminos distintos y experimentar, a todos ellos, la violencia. Violencia policial, violencia machista, violencia a secas. Vivimos en sociedades basadas en relaciones de poder.
Ese poder, en sociedades desiguales, se expresa como subordinación de unos sobre otros. Desde el micropoder de las relaciones cotidianas, donde el macho denigra a la mujer, hasta el macropoder, donde el Gobierno que ocupa el Estado manda a reprimir los emergentes de la crisis social. El deseo de poder sobre el otro nos cruza a todos, y se expresa en el hogar, en la calle, en el trabajo. Decirle un “piropo” a una mujer en la calle es parte de una violencia que después se acumula y expresa en agresiones verbales, en mostrarle el miembro, en agresiones sexuales, en femicidios. Es parte de la objetualización de la persona, de transformarla en objeto. El poder es eso, la posibilidad de transformar en objeto a una de las partes de la relación. El macho y los medios de (in)comunicación hacen de la mujer un objeto. El capitalista, los mismos medios, y la cultura imperante, hacen de lxs trabajadorxs un objeto al interior de la empresa. Ahí radica la clave de la violencia, la de aplicarse sobre aquellos que en vez de objetos quieren ser sujetos.

Comisión Directiva de ATUNLa

 

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