Mascaras de Sal

Un pibe con gorra camina por la calle, un dron lo sigue y levanta vuelo. Camina por una calle que divide dos lugares bien diferentes: de un lado la villa, del otro lado algún lugar parecido a Nordelta. Esta imagen, que pertenece al documental “Pibe Chorro” dirigido por Andrea Testa, se repite de forma concreta y de forma metafórica, los pibes están de un lado y del otro de la reproducción del núcleo sistémico: lo que se supone correcto o aspiracional para un ciudadano promedio, en este caso vivir en un country con vista al contaminado Río de la Plata.
Con los pibes de la villa o del conurbano, pasa un poco lo mismo. Encarnan un estereotipo que les viene asignado. Ser adolescente conlleva la pregunta existencial de quienes somos. En esa pregunta se encierra siempre una trampa. En general, la primera definición de la existencia está vinculada al barrio donde vivimos, nuestra familia, escuela o referentes cercanos.
El pibe chorro performa un personaje inconsciente con un vestuario correspondiente y experiencias adecuadas. La sociedad se acomoda a ese personaje. Lo señala, lo acusa, lo vigila.
La sociedad se olvida de que es solo una fase, de que solo es un adolescente queriendo pertenecer. Detrás de la máscara miles de pibes con ideas, sueños e inquietudes.
Las investigaciones de CORREPI señalan que desde 1983 al 2015 murieron 4644 pibes por gatillo fácil y tortura en centros de detención. Un promedio de 150 pibes por año. Todos tienen algo en común: son pobres.
Uno de los casos más emblemáticos es el de Luciano Arruga que desapareció en manos de la policía bonaerense y su cuerpo fue encontrado cinco años después. En relación a este caso y otros, los medios de comunicación hegemónicos se encargaron de plantear solo debates direccionados hacia si los pibes salían o no a chorear.
Es sabido también que para que un tema sea de relevancia mediática tiene que ser de interés público.  El tema “jóvenes” es una categoría fija para estos medios, en general son representados como peligrosos y en los casos que los tienen como protagonistas la palabra solo la tienen los representantes de las fuerzas de seguridad o alguno de sus familiares.
De esta manera, y al ser los dueños de la palabra masificada, se construyen como denunciantes dejando a los jóvenes solos y excluidos.

Por eso, es fundamental el trabajo de los medios alternativos de comunicación visibilizando los manejos policiales para extorsionar y perseguir a los pibes y también la ruptura de la mirada del estereotipo.
Si hay un pibe que sale a robar hay que desentrañar el porqué. Hubo una complicidad de muchos sectores en el caso de Luciano Arruga para no investigar esta causa, pero no es solo una cuestión de partidismos sectarios sino de un sistema que sigue permitiendo persecuciones, torturas y desapariciones en manos de las instituciones policiales. Las opiniones de los chetos de Recoleta resuenan en la ciudad autónoma de Buenos Aires: bajar la edad de la imputabilidad, meterlos en nefastos institutos de menores o que se pudran en la cárcel. Aunque es sabido que estas medidas los sepultan, una parte de la sociedad inconsciente encarna en estos pibes la razón de todos los males.Históricamente, las sociedades se han en-cargado de hacer desaparecer a lo que se sale del molde, a lo inesperado, a la falla de la matrix. La baja de la edad de imputabilidad propone un modelo de premios y castigos arcaico.
No hay que ser un genio para saber que lo único que va a provocar es más muertes o pibes en cana. Si bien en estos últimos doce años se amplió la realización de talleres culturales y experiencias universitarias en institutos y cárceles, queda pendiente un cambio profundo de estos sistemas, así como también la democratización de la justicia.
Acabar con esta justicia burguesa que está pensada solo para los que tienen dinero. Lo ideal sería que los pibes no lleguen hasta ahí. La puerta del encierro abre el camino del aislamiento. Los jóvenes son mucho más que la máscara que la sociedad les quiere imponer, en todos los barrios existen expresiones culturales que los conjugan. Las murgas, el hip hop, los murales y los grafittis. 
Los pibes tienen mucho para decir y hacer. Estos últimos años creció su participación política en Latinoamérica, en las manifestaciones masivas la mayoría son jóvenes. En Argentina, la puesta en marcha de las Universidades del conurbano contribuye a la ruptura de algunos paradigmas. Tener cerca la Universidad facilita el acceso. Ya no es necesario un viaje agotador para estudiar en una Universidad pensada para unos pocos, que en combinación con un trabajo de nueve horas genera una frustración infinita.
Luego, el abanico de políticas públicas acuñadas en los últimos gobiernos fomenta la permanencia. También la reformulación del concepto de extensión universitaria para realizar un acercamiento verdadero a la comunidad permite que por ejemplo los niños realicen su primera aproximación a partir de los programas de verano en ámbitos universitarios. Luego participan de los programas anuales de formación y más tarde de la academia. Lo excepcional se transforma en regla y florecen las primeras generaciones de universitarios. No hay diferencia entre estos jóvenes y los otros. Sólo una política que tiene como fin derribar muros. Las oportunidades empiezan a ser reales para todos.
La adolescencia conlleva el laborioso trabajo de quitarnos la máscara que nuestra familia/sociedad parece habernos asignado para que emerja nuestro verdadero yo. Para los pibes chorros el trabajo es doble, tienen que sacarse la máscara y combatir al sistema que insistirá en que no se la quiten. Defendamos las políticas que favorecen la inclusión, defendamos la Universidad comprometida con el territorio, pública y gratuita.

Julieta Arévalo

©2021 ATUNLA. Todos los derechos reservados. Diseñado por Polsk