Reflexiones Periféricas (última parte)

En nuestra anterior entrega discutimos la noción de burguesía nacional en el actual contexto de dependencia y a la luz de una historia de agachadas y defecciones por parte de la clase que supuestamente debe llevar al país hacia la independencia económica. Hemos ido clarificando a lo largo de estas notas el rol subordinado que tiene nuestra burguesía respecto del gran capital transnacional.
En esta oportunidad, cerraremos esta serie indagando en las limitaciones que existen en materia científico-tecnológica, y en el uso que se hace del excedente socialmente generado. Los países cuentan, como consecuencia de una historia de luchas internas y externas, con de-terminadas capacidades productivas.
La dotación de recursos naturales no es tan importante como el acervo cultural y científicotécnico, que en el caso de las potencias mundiales ha sido desarrollado a partir de políticas concretas y de un diseño institucional que siempre ha nacido de la voluntad del Estado. Estas diferencias productivas tienen su correlato en el comercio global y en la transferencia de valor desde los países periféricos hacia los centrales.
Con este escenario de sangría permanente de nuestro excedente, el cual no solo se va por esta vía sino también mediante transferencia de utilidades y fuga ilegal de capitales, no cabe otra que poner como uno de los ejes de un proyecto nacional-popular el del desarrollo científico-tecnológico, en pos de ampliar los márgenes de autonomía para decidir soberanamente.
Ahora bien, ¿quién invierte en innovación y desarrollo científico tecnológico? ¿El Estado? ¿La burguesía? Si es el Estado el que invierte y después son los privados, fundamentalmente extranjeros, los que patentan ese avance para replicarlo y comercializarlo, ¿no hay apropiación privada de un desarrollo que debería ser un bien común? Se pueden establecer sistemas nacionales de desarrollo científico-tecnológico, los cuales involucren al Estado y los privados, pero la apropiación de esos desarrollos no puede quedar en manos solamente de los empresarios.
Las redes de desarrollo en las que están inmersas las Universidades Nacionales, deben ser redes comunes que produzcan bienes según un criterio nacional y popular, y que la producción tenga un correlato con la distribución, de forma de garantizar que lo que producen las instituciones públicas llegue al pueblo. Un ejemplo son los avances en materia de tratamientos para la salud que acaban muchas veces en manos de laboratorios privados, pese a que el Estado cuenta con un entramado de laboratorios públicos que poseen la capacidad de producir por sí mismos los avances que producen los centros de investigación nacionales.
Poner en juego estas cuestiones nos permitiría, en un plazo breve, acortar la brecha tecnológica para no depender tanto de las potencias. A su vez, pensar la innovación como política pública nos permitiría achicar la brecha en aquellos sectores que el país requiere desarrollar.
Porque sucede que existe una lógica de creación de necesidades y de comercialización de productos según los criterios de consumo de las potencias mundiales y no según las necesidades endógenas. Esa lógica puede llevar a destinar millones de dólares en desarrollos científicos que no sirven más que a un puñado de científicos y empresarios. Empecemos a pensar nuestras necesidades desde un criterio local e importemos únicamente aquellas cosas imprescindibles para llevar a término los procesos productivos. Dejemos de importar productos suntuarios para el regocijo de los ricos del país.
El excedente que se pierde para lograr saciar el deseo de distinción de las clases altas podría reinvertirse productivamente, servir para ampliar los servicios sociales o redistribuirse para acrecentar la demanda y expandir el mercado interno.
Discutir el uso que se da al excedente es otra forma de ganar espacios de decisión soberana. Si se sigue una lógica individualista de apropiación y uso del excedente, entonces probablemente el país persista en sus limitaciones estructurales. Si se discute ese uso y se lo socializa, si el excedente deviene en excedente común de un pueblo, entonces puede ser que en no mucho tiempo se resuelvan buena parte de los problemas estructurales.
Nos dirán seguramente que eso es desconectarse del mundo. Lógico. Para las clases acomodadas el vínculo con el mundo se da a partir del consumo de los productos de los países centrales. Pero lo cierto es que en determinados contextos no es desdeñable tener períodos de aislamiento y afrontar los desequilibrios internos apelando al excedente y el acervo del pueblo.
El tema es que para eso necesitamos un proyecto político de masas que conduzca al Estado desde estos criterios. Sin un Estado apoyado en el poder popular es muy difícil de lograr.
Para ello, hay que ir construyendo las organizaciones para el cambio, organizaciones con capacidad autogestionaria, tanto en generación como en distribución de la riqueza comunitaria. En ese sentido, no es solo el Estado sino la articulación entre Estado y organización popular. Dice García Linera, actual vicepresidente de Bolivia, que hay que “apoyar lo más que se pueda el despliegue de las capacidades de organización autónomas de la sociedad. Hasta ahí llega la posibilidad de lo que puede hacer un Estado de izquierda, un Estado revolucionario.
Ampliar la base obrera y la autonomía del mundo obrero, potenciar las formas de economía comunitaria allí donde haya redes, articulaciones y proyectos más comunitaristas”. Y también se puede intentar avanzar en volver a llenar de contenido la idea de nación, volver a dotarla de la idea de comunidad que supo tener, donde todos dependamos de to-dos y donde nadie se encuentre en un afuera marginal dentro del propio territorio de la comunidad. Si la idea de nación se permite tener excluidos dentro de su propio territorio, entonces esa idea debe ser suplantada por otra, una que nos obligue a comprometernos con cada uno de los integran-tes de un país, sin distingo de ningún tipo. La concreción de un ideal comunitario, con todo lo que ello implica en términos de derechos y acceso a los recursos, trastrocaría, a su vez, la división clasista, el acceso al excedente y la lógica de la pro-piedad. Sin alterar estos preceptos capitalistas difícilmente se pueda cambiar significativamente la cotidianidad de un pueblo.
Es importante, para avanzar por estas líneas, considerar los aspectos internos en las ideas de dependencia y liberación. Saber con qué se cuenta, qué se puede lograr, cuál es el horizonte cultural de lo posible. El imperialismo, las relaciones internacionales, los organismos multilaterales, todos son factores que condicionan internamente pero, a la vez, no se plasman en forma idéntica en cada país.
Las configuraciones internas también hacen que la incidencia política y económica de los grandes factores de poder internacionales no sea siempre la misma. Se precisa achicar las desigualdades internas en los intercambios, que determinados sectores no se vean explotados por los monopolios a través de sus canales de comercialización; achicar las diferencias de productividad, engrandecer a los pequeños productores y a las formas cooperativas de la producción mediante estímulos a su organización para que puedan pararse en pie de igual-dad frente a las grandes empresas y los conglomerados.
La forma en que se distribuye el excedente no ha dejado de ser una cuestión política, de poder político, asociada a la capacidad de organización y articulación entre los diferentes actores. Lo económico de la ecuación es importante pero no es lo único. Pongamos estas cuestiones en el tapete de la discusión política, más ahora que debemos repensar el proyecto nacional y popular.

Molder

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