Otra vez sopa

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Año 2016. Se inicia un ciclo de ajuste general y de reajustes particulares. Un proceso de ajuste general de la economía (devaluación, caída del salario real, achicamiento del gasto público, aumento de las tasas de interés, etc.) genera reajustes sectoriales, tanto a nivel eco-nómico como laboral y social.
El ajuste general se siente en la inmensa mayoría del pueblo, fundamentalmente por su dependencia de un ingreso fijo (salarial o jubilatorio). Los reajustes impactan en forma más focalizada: por ejemplo, el abandono de planes de transferencia mone-taria a los sectores más vulnerables conduce a un aumento significativo de la desigualdad y la pobreza; otro ejemplo, los sectores menos ren-tables de la economía ajustan al interior de sus empresas, fundamentalmente sobre el salario de sus trabajadores, lo que conduce a baja de salarios y despidos. Nuevamente, aumento de la desigualdad y la pobreza.
Así, esta nueva gestión de la macroecono-mía por parte de los sectores neoliberales del establishment empresario se traducirá en el empeoramiento general de las condiciones de vida de una porción significativa del pueblo y, a su vez, conducirá a un reajuste del esquema de ganadores y perdedores.
La devaluación del 2002 había generado aumentos en la rentabili-dad de sectores industriales que emplean a tra-bajadores con escasa capacitación. Eso permi-tió el ingreso de una masa obrera significativa que comenzó a ganar mejores salarios y achicó los niveles de desigualdad. Ese esquema fue altamente positivo entre 2003 y 2007, y se ex-tendió con altibajos hasta 2011, año en el cual empezó a encontrar algunas limitaciones con-cretas que demandaban una mayor interven-ción estatal en pos de sostener el ciclo de cre-cimiento y distribución. Esto no significa que en-tre 2011-2015 el país se haya visto en una re-cesión. El PBI continuó creciendo aunque con menor impulso, la tasa de desocupación siguió bajando hasta perforar la línea del 6% y conti-nuó un proceso redistributivo que permitió se-guir achicando la desigualdad. Esa es la pesada herencia recibida por los CEOs que nos gober-narán por los próximos 4 años.
¿Por qué es pesada la herencia? Porque son millones de personas que vieron como mejora-ban sus condiciones de existencia. Y los neoli-berales de turno quieren redefinir eso. Quieren que buena parte de la guita que se genera en el país vaya a un sector determinado de la econo-mía. Por eso es que se redefinirá el esquema de ganadores y perdedores. Aquellos sectores que pudieron ganar algo en estos años empe-zarán a perder, mientras que los sectores que perdieron (¿perdieron realmente o ganaron me nos de lo que pretenden?) van a empezar a ga-nar mucho. La transferencia es evidente, no hay camuflajes. Se tomaron una serie de medidas que beneficiaron fundamentalmente al sector agroexportador, minero y de servicios, en detri-mento de los sectores industriales, central-mente los que producen para el mercado in-terno. Esta redefinición conducirá a un acentua-miento de la concentración económica, mal que nos afecta hace rato y que tiende a profundi-zarse (materia pendiente para un próximo go-bierno popular: trabajar en pos de la descon-centración de la economía).
Lo interesante del período es que no reviste misterios. Desde la década del 70 en adelante el mundo se viene moviendo dentro de paráme-tros políticos y económicos muy estrechos. La progresiva disolución del campo socialista se tradujo en una exacerbación de las líneas duras del liberalismo económico. No es que persistie-ron las líneas heterodoxas sino que se fue ela-borando un pensamiento único en materia eco-nómica, política y social que empezó a anular posibles alternativas. El fin del siglo XX y co-mienzos del XXI estuvieron signados por este pensamiento único. La última década mostró un atisbo de alternativismo pero con marcadas li-mitaciones y siempre dentro del esquema capi-talista de producción. De aquí que no vayamos a encontrarnos con novedades. Sabemos lo que van a hacer, cómo lo van a hacer y qué me-canismos utilizarán para intentar maquillar el daño infligido. Nos corresponde a nosotros, desde la vereda de enfrente, empezar a pensar en alternativas más profundas de cambio polí-tico-social. Pensar formas alternativas de pro-ducir y consumir, y de vincularnos con el mundo. Hay que perderle el miedo al ciclo eco-nómico e intentar desligarlo del ciclo electoral. Debemos procurar construir alternativas políti-cas que se sostengan más allá de las adversi-dades concretas que presenta un mundo con-vulsionado, en crisis casi terminal, tanto hu-mana como ecológica (un dato: el planeta su-peró su línea irreversible de aumento de las temperaturas; otro dato: la Unión Europea pa-gará a Turquía 3 mil millones de dólares para que reciban a los refugiados que planean expul-sar; o sea, el ser humano, en su situación de mayor vulnerabilidad, deviene en mercancía). El centro del planeta plantea escenarios tétri-cos: Europa expulsa y degrada; Estados Unidos sigue llevando la guerra a otros países y sueña con construir un muro alto para alejar a visitan-tes indeseados. Ni nos molestemos en mirar ha-cia esos lugares, no encontraremos las res-puestas a nuestros problemas. Pensando lo que se viene, también encontra-mos líneas internas desde el 76 hasta el 2001.
En la historia macroeconómica del período se pueden distinguir, a grandes rasgos, tres fases principales. “Una primera etapa, de desregula-ción y apertura comercial y financiera, se exten-dió entre 1977 y 1982. Acabó en una crisis cam-biaria, financiera y de deuda y fue seguida por un cierre de los mercados de fondos, o raciona-miento del crédito internacional, desde 1982 hasta 1990. Sobrevendría luego una nueva fase de desregulación y apertura comercial y finan-ciera, que se correspondió con la vigencia del régimen de convertibilidad, entre 1991 y 2001. También esta fase acabó en crisis e incumpli-miento de pagos. […] En suma, las dos expe-riencias de apertura comercial y financiera desembocaron en graves crisis bancarias, cam-biarias y de deuda, mientras que la etapa inter-media, de racionamiento del crédito, concluyó en los episodios de hiperinflación de 1989 y 1990” (Damill y Frenkel, 2006). El mercado de trabajo y la distribución del ingreso se vinculan estrechamente con la evolución macroeconó-mica. La tendencia entre 1976-2002 mostró un declive de los salarios medios y un sostenido empeoramiento de la distribución del ingreso. Ergo, aumento de la desigualdad y la pobreza.

El período 1976-2001 ha sido gestionado (con la honrosa excepción de Bernardo Grins-pun, primer ministro de economía de Alfonsín), por referentes neoclásicos y neoliberales liga-dos al establishment empresarial. El período que ahora se inicia vuelve a estar en manos de esos referentes. Algunos son los mismos, ya conoci-dos (Melconian, Sturzenegger, Prat Gay), otros son los nuevos “Chicago Boys”, criados en las universidades privadas San Andrés y UCA, y con masters en EEUU. Sus mentes es-tán colonizadas por el pensamiento económico reinante en los países del centro del mundo, un pensamiento económico que solo sirve a los in-tereses de esos países y no al de los periféricos. El nuevo desembarco de ese pensamiento no traerá novedades, al contrario, es un plato que ya ha sido servido a la mesa de los argentinos.UCA, y con masters en EEUU. Sus mentes es-tán colonizadas por el pensamiento económico reinante en los países del centro del mundo, un pensamiento económico que solo sirve a los in-tereses de esos países y no al de los periféricos. El nuevo desembarco de ese pensamiento no traerá novedades, al contrario, es un plato que ya ha sido servido a la mesa de los argentinos.

Molder