Reflexiones Periféricas (Parte II)

 Ahora bien, entre los dilemas irresueltos desde, por lo menos, la década del 50 está el desarrollo de los países periféricos. Esto mantiene vigente el debate sobre el rol del Estado, los trabajadores y la burguesía al interior de un proyecto de liberación nacional. Tras tres décadas de predominio neoliberal, resurgieron corrientes políticas y económicas que buscan, heterodoxamente, construir modelos de desarrollo.
Valiéndose, fundamentalmente, de herramientas neokeynesianas, muchos países, sobre todo en América Latina, han intentado relanzar procesos de desarrollo donde el Estado vuelve a ocupar un rol más protagónico, aunque sin ser central como lo fue durante los desarrollismos y movimientos nacional-populares del período 1950-1970.
Existe aún una disputa con la visión neoliberal respecto del rol que es dable asignarle al Estado. Persiste, en amplios sectores de la población y en los medios de comunicación, la idea del Estado malo, ineficiente, que debe ser pequeño y centrado en aspectos estrictos como la seguridad, la defensa, la protección de la pro-piedad y el cumplimiento de los contratos. Sigue siendo difícil reinstalar la idea de un Estado protagonista del modelo de desarrollo.
El individuo y la libertad individual aun preservan su intocabilidad conceptual; se ve con malos ojos la organización política y popular, la actividad sindical, y casi cualquier forma en que las personas tienden a unirse para incidir en la realidad social. Solo se toleran las expresiones naifs, entre virtuales y mediáticas, de sectores medios y altos.
Perdura, aún, el criterio que establece que la unidad social básica es el individuo, ese ser egótico que privilegia siempre su situación por sobre la de los de-más y mide la coyuntura de un país según su derrotero personal. Vemos, entonces, un corrimiento del eje político, social y cultural respecto de lo que fue el auge neoliberal, pero sin un desplazamiento absoluto de las formas conservadoras que signaron las últimas tres décadas. En este contexto, marcado a su vez por una crisis global que ya lleva unos ocho años, es que se replantean nociones y categorías utilizadas en los años previos a la reestructuración capitalista de la década del ´70. Por ello, amerita repasar algunas de esas nociones para poder clarificar el panorama y comprender las limitaciones concretas de todo proyecto de desarrollo que se pretenda “nacional”.
Antes que nada, si hablamos de desarrollo, ¿en qué términos lo hacemos? ¿Desarrollo capitalista? ¿O acaso existen otras nociones de desarrollo que trasciendan la forma valor? Si bien en las discusiones actuales no parece haber un “afuera” del sistema capitalista mundial y tampoco parece que pueda tener éxito un modelo de desarrollo que no sea capitalista, lo cierto es que la alternativa real radica en buscar desarmar las lógicas capitalistas. Zizek dice que el futuro será socialista o comunista, que esas son las alternativas de gestión en un mundo que tiende hacia formas inmateriales de trabajo, donde la posibilidad de alambrar la propiedad intelectual resulta cada vez más difícil.
Le agregamos a Zizek la categoría justicialista y quedamos en deuda, en un plazo breve, de hacer un trabajo de recuperación políticofilosofía de las bases justicialistas. Entonces, con esa tríada socialismo justicialismo comunismo podemos darnos un debate en torno a herramientas no capitalistas para superar las dificultades propias del sistema actual. Es sabido que las ideas de socialismo y de justicialismo están asociadas a la gestión socialista, centralizada, planificada, del capital, o sea, una forma superior, superadora, del capitalismo, aunque sin romper con la forma valor. ¿Son humanamente preferibles al capitalismo? Desde mi perspectiva, sí, lo son, pero también hay que preguntarse respecto de las características que puede asumir un modelo socialista o justicialista y cómo se vincularía con una economía mundo capitalista, al tiempo que hay que intentar superar las contradicciones que en el pasado afectaron a los socialismos reales y a las experiencias nacional populares que se sucedieron en distintos países de la periferia del mundo.
No se puede pensar en recrear estos modelos sin más, sin crítica respecto de lo que fueron y sin buscar trasponer sus limitaciones. Lo mismo les cabe a los modelos de desarrollo neokeynesianos. El mundo actual no es el mismo de hace 50 años, por ende, nuestras herramientas políticas e ideológicas tampoco pueden ser las mismas.  Pero en medio de estas discusiones, que a veces parecen imposibles por el hecho de que estamos demasiado lejos de poder recrear grandes discursos vinculados al cambio social, nos topamos con hechos concretos, como pueden ser las diferencias que existen entre las potencias capitalistas y la periferia del sistema, así como las diferencias que cada vez son más grandes al interior de los países entre los sectores que captan la mayor parte de la renta y aquellos que no captan casi nada.
En ese escenario de diferencias internas y externas, ¿es razonable hablar de emancipación de una nación? Lo que está claro es que hay pueblos oprimidos, subyugados, explotados, y una clase capitalista que a nivel global capta el grueso del excedente generado. Esto se contrapone con la idea comunitaria de Nación, donde todos deberíamos recibir los frutos del trabajo mancomunado. Lo que intentamos decir es que la periferia puede lograr incorporarse al grupo de las potencias (China lo demuestra) pero la duda es si eso representa o no un proceso de liberación nacional. ¿No hay periferias dentro de los países, dentro de las mismas potencias? Una nación puede devenir potencia capitalista global pero esa condición de potencia ¿permite que su pueblo, todo su pueblo, se libere como tal, se despoje de las condiciones históricas de explotación capitalista? El capitalismo no representa hoy, y quizás nunca lo representó, un sistema capaz de mejorar la vida de los pueblos. Al contrario, somos testigos de procesos de apropiación del bien común y de acumulación por desposesión, donde los bienes públicos, estatales y comunitarios son enajenados, privatizados y transnacionalizados. El asunto será, entonces, retomar la idea de “liberación nacional” reparando en las transformaciones de los últimos 50 años y en los actuales procesos de concentración de la riqueza, del poder y de la comunicación. Esa será nuestra tarea en los próximos números.

Molder

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