Viaje directo al corazón

 En los tiempos que corren (vuelan) es muy difícil para quién escribe tener una línea de continuidad con la realidad que impone el Gobierno del Inge-niero.
La vida propia, los sinsabores cotidianos, los pensamientos encontrados y los tiempos eternos hacen que uno no sepa bien de que escribir.
Son tantos los temas que podríamos narrar casi todos los días, que se escapan de la mira. Nos pasan por arriba. Y para decir verdad (algunos mucho y otros no tanto) están todos medianamente informados. Hoy en día el que no quiere saber que es lo que pasa cotidianamente es por que no quiere informarse.
Pero La Yoli obliga.
Y de las noticias se encargarán otros esta vez. Hoy, si me permiten, quiero contarles del viaje sentimental que junto a Compañeros, hicimos hace poco a la quinta de San Vicente, allí dónde descansan los restos del General.
Ser Peronista (no justicialista) es un hecho cultural. Es de cómo somos los Peronistas. El deber ser. Ser Peronista está en los detalles, somos contradictorios, leales, contestatarios, pedimos permiso, decimos por favor y gracias.
Nos lo enseñaron nuestros padres y madres, se hereda. Con toda esta carga encima, decidimos juntarnos algunos compañeros para darnos un baño de lealtad en tiempos dónde se le es leal al voto fácil y al (nuevo e inflacionario) billete de 500pe. Necesitábamos de juntarnos.
El sol nos recibió con todo su esplendor mientras el viento frío de San Vicente hacía de las suyas en nuestros rostros. Amenizamos tanto frío con lente-jas y vino. No podía ser de otra manera no? Una hermosa familia con su casa de estreno nos acogió algunas horas hasta hacerse la hora de partir. No me voy a olvidar de Eva y Ulises, los hijos de al-guien, que esa tarde se convirtieron en los hijos de todos. Pero para ellos me guardo el final.
Partimos cantando la marcha en los difíciles cami-nos de barro del barrio. Llegamos.
Y de pronto, toda nuestra soberbia se derritió ante tan soberbio lugar. Es magnífico el lugar, literalmente.Las estatuas de la entrada que personifican a Perón y Eva junto a un trabajador con las cabezas cortadas por “La Fusiladora” es tremendamente fuerte. Claramente los muchachos de Aramburu lograron que su mensaje de odio llegue con eficacia hasta el día de hoy. Los jardines brillan aunque no haya sol y los árboles regalan con sus copas un paisaje que hasta el sur de nuestro país envidiaría.
Caminamos mirando, observando, viendo. Sacábamos fotos flasheados. A mi particularmente se me fueron las palabras. Pocas veces un lugar me quita las ganas de hacer chistes y de hablar todo el tiempo. Esta vez, sólo quería contemplar, pensar las imágenes y sentir que estaba dónde el pueblo, los negros, el trabajador y todo humilde de nuestro país quisiera estar. Acompañando a quién nos dignificó, a quién nos bañó de derechos y conquistas socia-les.
Podría hablarles de lo loco que es estar en la casa, ver las fotos, la cama donde descansaban Juan y Eva, la cocina, los vestidores, la barra donde se ha-brán cocinado tantas políticas gloriosas, ver el tren presidencial, la pileta, el museo que (nobleza obliga) Duhalde construyó de manera espectacular, etc etc…. Pero me urge contarles del lugar dónde realmente se acaban las palabras, que es el mausoleo del General.
Un vidrio te separa de ÉL y la sangre empieza a hervir. Frases visten de verano tanto cemento frío. Juan y Eva en su imagen más conocida lucen abrazados como queriendo que te sumes a ese abrazo inmortal. Las placas de leales y traidores te vuelven a la sombría realidad, pero el mausoleo no se mancha, como dice otro héroe de nuestro Pueblo.
El sol ya dejaba su jornada laboral para descansar de tanto frío y nosotros ya empezábamos la vuelta al cemento mezquino de la ciudad, pero como les dije algunas líneas arriba me guardaba el final para los dos gurrumines que nos acompañaban, Eva y Ulises.
Verlos correr, jugar y reír entre jardines, frases in-finitas, hojas de árboles perfectamente desparrama-das por la naturaleza, tumbas gloriosas, monumentos rotos y tanta libertad nos hace saber que la historia sigue. Que mi viejo hizo bien sus deberes. Como los 30000. Como cualquiera que se dice Peronista.
Ulises y Eva con sus pocos años de vida ya son Pe-ronistas, aunque no sepan que significa serlo toda-vía. Es que ya saben, desde sus entrañas, que la Patria es el otro.
Todos tendrían que dejar correr los sentimientos, llenarlos de libertad. Abrazarlos de Peronismo. Qui-zás así, tendríamos un mejor país. Más justo, más libre y más soberano.

Diego Barone

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