Dormido

 Un día me quedé dormido y cuando quise darme cuenta estaba embebido en un mar somnoliento de sensaciones raras, muy amables y muy halagadoras.
Por alguna extraña razón este sentir oscilaba entre la alegría y la angustia y sin embargo podía advertir que mi cuerpo brillaba y algo dentro de mí se movía, quizá fue la sensación que sintió el corazón del hombre de hojalata. Esto respondía a una historia anterior en la que me veía como una máquina que debía cumplir con el mismo proceso todo el tiempo. Todos los días el mismo trayecto, el mismo lugar, el mismo desgaste. El mantenimiento era mínimo e insignificante.

Los colores eran claros, el aire era fresco. Todo lo que me rodeaba me estimulaba en una conforta-bilidad que poco se sostenía. Existía una incómoda circunstancia que daba lugar a un intranquilo pudor de inestabilidad que surgía de la razón y un análisis reflexivo que mecía mi entorno en una pata. Todo podía caer. Mucho más pronto de lo que durara, aunque el tiempo se extendiera en hi-los hilvanando realidades ficticias. Así debía ocurrir, era lo correcto.
Sin embargo la sustancialidad hacía que intentara sostener esta idea desde una oquedad oculta. Una grieta debeladora de concreciones que desmentía cada momento y se encargaba de punzar ese bien-estar que no llegaba a disolverse en nada.
Antes de todo, nada ocurrió. Solo me desperté. Mi habitación vacía.
Quizá un producto de mi mente, quizá un gran concepto. Sin embargo pude sentir todo y es algo que no quiero olvidar. Siempre lo supe, desde el inicio, pero uno a veces elige permanecer en ese mundo ficticio y creer que todo es verdad luchando con esa inestabilidad que lo refuta.
Nada ha sido en vano, algo cambió en mi y ojala pueda volver a soñar.
Fue un hermoso sueño.

Gabriel Israel Cabral. 

©2021 ATUNLA. Todos los derechos reservados. Diseñado por Polsk