La forma de la unidad

Hace poco más de un mes habían comenzado las reuniones para volver a organizar la Marcha Federal, un hito de mediados de la década del 90, el puntapié inicial de la oposición a las políticas neoliberales. Aquella marcha de-moró 4 años en producirse y fue la consecuencia de la devastación menemista. La reedición “siglo XXI” tomó forma en 8 meses de similares políticas, lo que da cuenta de un sustrato de conciencia con mayor predisposición para la lucha.
De las reuniones para delinear la marcha podían participar representantes de organizaciones sindicales, sociales y políticas, sin importar la dimensión o el peso de las mismas. En parte por eso es que participaron del comité organizador unas 120 agrupaciones. La unidad no partió de las cúpulas, sino que nació desde las bases y desde los rincones de la patria. Este no es un hecho menor.
En ATUNLa, la conversación interna respecto de la marcha se dio prácticamente desde el minuto cero de su enunciación. Era parte de nuestro horizonte inmediato de manifestación y fue objeto de acciones en los días previos. Lanzarse a la calle siempre es un acto de convicción y de incertidumbre. Uno sale porque está convencido de que hay que salir, de que hay que estar en la calle, espacio natural del pueblo, casi único.
El pueblo no tiene muchas más herramientas que la propia organización, ni tiene una voz poderosa salvo cuando se juntan las de muchos al grito de consignas nacidas de su corazón. De ahí emana la convicción, y se sale siendo un par o siendo 50 o 100. Pero al mismo tiempo hay un componente de incertidumbre porque uno sale a convocar, a dar el marco organizativo para poder salir todos juntos, pero siempre late una inquietud respecto de cuántos seremos.
Uno anhela encontrarse en la calle con los compañeros y compañeras con los que día a día se comparte el trabajo, el mate, las alegrías y tristezas. Es la familia ampliada. Pero no se está seguro de nada hasta que llega el momento de salir.
Tempranito nos convocamos en la UNLa para empezar a reunir nuestras armas de guerra: las banderas, los estandartes, el bombo, el repique y el redoblante. Pueblo desestabilizador si los hay, que va a la guerra con la violencia del color y la música. Arrancamos a las 10.30 con unos mates, cebando lento y conversando sobre lo que se viene, sobre todo lo que hay que hacer, porque en esto de plantarse frente al atropello de los poderosos las tareas son muchas y diversas.
Al rato fuimos a descolgar la bandera que desde hace meses se encontraba colgada del hall del Edificio Hernández expresando el estado de “alerta y movilización” en que se encuentra nuestro sindicato de base. Estamos alerta respecto de lo que hace el poder fáctico que ocupa nuestras tierras y dispuestos a movilizarnos para ponerle coto a sus intentos de avanzar. Reunimos la bandera grande y las pequeñas, las cañas y la percusión, y nos fuimos al Vagón Bandera, punto de encuentro desde donde partiríamos.
Los minutos pasaban. La ansiedad crecía. Todo sucede a cuentagotas en esos momentos. De a poco, se iban sumando las compañeras y compañeros. Se sumaron, incluso, hasta el instante próximo a salir. De los dos que arrancamos tomando mate a primera hora ter-minamos siendo unos 30. Y salimos. Nos fui-mos caminando hasta Escalada y de ahí al tren.
Todavía no había visos de movilización. Recién en Consti empezarían los primeros abrazos de compañeros que se encuentran. Es la belleza de la calle. Tencontrás con seres queridos, con amores forjados en la militancia.
Así nos acercamos al segundo punto de encuentro. Moreno y 9 de Julio. Ya había clima. En Independencia el tráfico empezó a complicarse y en Belgrano ya no había tráfico posible. Multiplicidad de organizaciones pasaban por todos lados, buscando sus rutas de acceso a la plaza. Nosotros atamos la bandera y esperamos una hora mientras íbamos viendo cómo se seguían sumando compañeras y compañeros de la “columna Capital”. ¡Qué lindo! La jerga de la movilización. No sé finalmente cuántos éramos los que arrancamos desde ese segundo punto de encuentro, pero teníamos consistencia y esa consistencia te reconforta el alma porque no te sentís tan solo en este mundo.
Llegar a la plaza no fue sencillo, se empezaba a cargar y todavía ni habían llegado las columnas que marchaban desde el interior y que ingresarían a la capital desde Avellaneda y La Matanza. La Argentina popular, profunda, laburante, no la Argentina cheta, la de los 500 mil que viven en el norte de la Ciudad rica y que les resulta fácil pegarse una vuelta por el centro a cacerolear contra los gobiernos populares. Total, están a diez cuadras.

Entramos a la plaza estirando la columna, casi caminando en fila. Igual, nos veíamos. Las banderas son las marcas de posición. Levantás la mirada y allá a lo lejos hay un compañero con un estandarte. Nos vamos referenciando en nuestros símbolos, en nuestra construcción identitaria. Entramos por la izquierda. Solemos entrar por la izquierda. Es casi una cábala. Pasamos la reja baja que delimita espacios verdes que no son verdes sino tierra pisada por las constantes movilizaciones, y llegamos a un claro donde volvimos a fijar la bandera, y ahí nos quedamos. Buscamos comida, bebida, circuló la charla, y siguieron apareciendo compañeras y compañeros. Emociona encontrarse cuando uno creería que es imposible, cuando hay tanta, pero tanta gente. Diagonal Norte, Sur y Avenida de Mayo repletas hasta la 9 de Julio. La plaza a reventar. Y aun así nos seguimos encontrando.
La jornada fue larga. El acto central se extendió hasta que el sol se puso y empezó a hacer frío. El mensaje era caluroso y venturoso. Unidad para luchar y transformar. El arco político enunciamos como nacionalpopular. A todo eso que siempre decimos debe ir junto para tornarse invencible. El día previo, Pablo Mo-yano sumaba a Camioneros a la movilización y eso hizo que muchos más gremios de la CGT lo secundaran. Como dijo Yasky, no da lo mismo que estén o que no estén. Para nada. Necesitamos estar todos detrás de un proyecto político. ¿Qué incluye ese proyecto? Simple: defensa del empleo y del salario; defensa de la industria nacional; defensa del pequeño productor; articulación latinoamericana; oposición a los tratados de libre comercio.
Hay coincidencia política detrás de esos preceptos. Lo que hace falta es que no sean las cúpulas las que negocien por su cuenta y según sus resquemo-res acumulados en años de disputas internas, sino que sean las bases las que presionen a sus cúpulas para que estas dejen de lado sus diferencias personales y se sienten a discutir cómo construir un instrumento político que nos permita recuperar la manija del Estado para desde ahí transformar definitivamente este país.
Ahora bien, no es solo ocupar el Estado y ponerlo a jugar a favor de pueblo.
También necesitamos un pueblo con capacidad autónoma para desarrollar diversas líneas de acción. Eso que hacemos nosotros como colectivo NODOCENTE, sin un mango, poniendo mucho amor, cabeza y energía. Así se construye la unidad, discutiendo en cada espacio, encontrándose, bien desde la base, para recordarles a los que nos representan que ellos están ahí para mandar obedeciendo. Los que están arriba suelen tener una mirada más macro y olvidan el padecer del compañero de a pie. Hablamos de cifras de desocupados, pero cada uno de ellos es una historia de vida donde la realidad comienza a doler.
Nuestros dirigentes no siempre lo sienten en los mismos términos y acaban privilegiando otras cosas, a veces cuestiones personales, otras la defensa casi corporativa de la organización propia, o algún acuerdo político con aquellos sujetos bendecidos mediáticamente. Por esto es que a los dirigentes hay que conducirlos, señalarles que no se olviden que nosotros, en la base, somos los primeros en padecer las políticas de exclusión.
Estemos atentos y activos. Sigamos encontrándonos para hacer cosas y para charlar. Tenemos mucho que discutir y construir.
Ahí nos vemos.
Iván Ponte

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