Una nota de mierda.

APROXIMACIONES PEDORRAS A LAS MALAS PALABRAS Y SUS IMPLICANCIAS EN EL LENGUAJE COTIDIANO.

En oportunidad del III Congreso Internacional de la Lengua Española, el Negro Fontanarrosa brindo una Ponencia en una mesa redonda, abordando la cuestión de las malas palabras. Iniciaba su exposición con las siguientes dos preguntas: ¿Son malas las palabras? ¿Se pegan, se lastiman? Quien suscribe, motivado por la actitud polemista de este negro irreverente, y por su inigualable ingenio, se dispone a darle una respuesta particular a esas preguntas.
Las palabras no se pegan ni nos pegan, pero según como se la use lastiman. Como en la mayoría de los aspectos de la vida, sería oportuno derivar la atención del instrumento al ejecutante, y así podríamos deducir que no existen las malas palabras, sino la mala utilización de ellas, por inapropiada su entonación, su tiempo, el momento, la persona, etc. etc. etc…
Así podríamos decir también que respecto a la condición irremplazable de algunas de ellas en algunas circunstancias no solo definen una idiosincrasia sino que resultan altamente sanadoras. Me pregunto qué seria del ser humano que no pueda decir “la puta madre” o “la concha de la lora” al momento de darse un martillazo directo en el dedo. ¿Hay, manera más pertinente de expresarse en un momento así?
Respecto a su carácter irremplazable, este se fundamenta en que el término se ha transformado en lengua viva, y su utilización universalizada. Hay una convención tácita que se da ante algunos términos.
Por eso la real academia debe dedicarse a registrar los cambios en la lengua, sus nuevos neologismos y formas de expresión, y abandonar, como indefectiblemente viene haciendo, esas posturas de antaño, propias de un mundo tutorial donde la academia velaba por el “buen uso del lenguaje”. En este señalamiento mínimo sobre una genealogía de quien determina cuales son las malas palabras, podemos evidenciar el carácter moralista al respecto, y las pre-tensiones de un mundo que ya se fue al carajoooo!!!
¿Y cuáles son las buenas palabras? ¿Las que van acompañadas de buenos modales? ¿Quién define el valor ético de las palabras? ¿Y su intencionalidad?

MALOS MODALES BUENOS MODALES

El sentido Común de la clase media burguesa puede condenar escandalosamente a quien eructa o se tira un pedo (o emite gases) en público, reprimiendo la necesidad fisiológica e indiscutidamente benigna, pero no muestra ningún reflejo de indignación ante quien ensucia la vía pública, ante quien paga una coima, o realiza alguno de los tantos actos bien vistos y de malísima educación, propios de un individualismo exacerbado.
Un nuevo paradigma acerca de la buena y la mala educación podría abandonar las pretensiones estéticas que dicen no hables con la boca llena, no te tires pedos, no eructes, no digas malas palabras; por otros malos modales del orden del: “no escondas la comida, compartila”, no dejes de ayudar a quien lo necesita, no le corras la cara al que sufre, no discrimines al pobre, no cargues al débil, y otras tantas de ese tipo. Digo esto de manera exagerada sólo a los efectos de figurar la idea.

Malas palabras no siempre son insultos. El insulto tiene direccionalidad definida y propósito de lastimar antes que nada. No así algunas malas palabras, que se utilizan para motivar, a través de la reacción o el enojo circunstancial. Un ejemplo de esto es en el futbol, como en otras actividades similares por su dinámica vertiginosa de resolución impredecible, donde a veces se utiliza la mala palabra direccionada a quien se requiere que tenga una reacción ( del tipo “dale la concha de tu madre, corre, marca” o simil.
Allí la mala palabra no se transforma en insulto, porque quien la emite no busca lastimar sino una reacción del otro, quien al mismo tiempo utiliza ese enojo circunstancial y anecdótico, para sacar un esfuerzo extra, basado en el orgullo personal.
En dicha circunstancia la mala palabra se encuentra enmarcada en un pacto tácito y propio de los grupos de trabajo, en este caso un equipo de futbol.
Respecto a la potencia sonora de algunas palabras, y como esa potencia sintetiza su intencionalidad y su inigualable capacidad de descripción es interesante rescatar algunas de ellas, como la del tipo GARCA (o sea un cagador), SORETE (excremento solido) o PELOTUDO (pelotas grandes), cada una de las cuales puede servir como un genérico que abarca una gran variedad de per-sonas y sus acciones y/o actitudes ante la vida en sociedad. Se puede ser pelotudo, garca o sorete por diferentes circunstancias.

EL BOLUDO

Por lo general el boludo es más inofensivo que el pelotudo que a primera vista pareciera que su pelotudismo afecta más el entorno. El boludo es un término light, cero ofensivo. Ya quedo introducido en el lenguaje masivo y se entiende como modo general de llamarse y reconocerse entre grupos ya constituidos, donde la confianza mutua permite que todos nos llamemos y nos reconozcamos como boludos.
Las conchas y sus derivados: la concha de tu madre, la de la lora, la de tu hermana, etc. etc. etc., la cachucha, la pichi, la pochola. Ninguna tiene el impacto y la potencia de la concha (me animo a decir que su fuerza se encuentra en la CH).
Por ello, y por muchísimas cosas más, es irremplazable. La pija y sus derivados: es poronga, no sabe un choto, se hace el pija. En el caso del miembro sexual masculino es utilizado en muchos casos para marcar actitudes de terceros, pero no poseen la intencionalidad tan descalificante como en el caso de la concha.
Podríamos deducir que el legado patriarcal judeocristiano también impera en el submundo de las groserías, teniendo en cuenta lo dicho anteriormente y observando como los insultos más degradativos son aquellos referidos a lo femenino, como hijo de puta, conchuda, la puta que te pario, y otros que seguramente se me escapan ahora.
Es evidente que las analogías con la vagina y con el pene son sustento fundamental de las ma-las palabras. Lo malo, lo inapropiado es el sexo y la mierda antes que nada.
Toda la construcción de lo que conocemos como chistes verdes continúan la larga tradición represiva en torno a las malas palabras, motivadas estas por muchas de las miserias más superficiales de nuestra “civilización”, preocupada por la fachada de las cosas, atenta a las apariencias, y con una fuertísima vergüenza interior ante lo sexual, escatológico, y sus derivados soeces.
El humor popular está conformado en su mayoría por una satirización de la desgracia en algunos casos (como nos causa gracia cuando alguien se cae al agua, o se cae en el piso, o todos esos bloopers de ese estilo), o por poner en relieve temáticas reprimidas en las cartillas de los buenos modales.
Es evidente que el humor es más que divertimento.
El humor está denunciando, tiene cosas para decir. Los límites al humor son los límites de cada persona. Y las malas palabras son irremplazables en tanto describen magistralmente situaciones y personas, escandalizan y logran acapara la atención de quien la escucha. Y más allá de la gracia inicial, espontánea, irreflexiva, hay un trasfondo, difícil de ver pero de fuerte sensación, que nos deja reflexionando, pensando, como cuando nos fumamos el pedo de un tercero, y mientras inhalamos la estela invisible arrojada al éter decimos: hijo de puta, ¿qué comiste?.
Las palabras son insultantes o no insultantes, no se trata de buenas o malas. Y aquel que crea que los modales de la oralidad representan algo mas en el espíritu humano, será porque prefiere poner la atención en esas formas y omiten el fondo.
La mala palabra como expresión de resentimiento es sinónimo de insulto, y ya no se trata del valor ético de la palabra sino de la carga de sentido que se ponga y la sensibilidad del receptor.
Las expresiones de racismo, xenofobia, misoginia, etc., son insulto y violencia antes que nada, y su violencia está intrínseca en el acto y su ejecutante, no en las “malas palabras”, como si todo se resolviese lavando la boca con jabón. Alto nivel de hipocresía.
Proponemos una convención para rescatar a las malas palabras del secuestro moral de la paquetería argentina, y volverlas a poner en un lugar de respeto y consideración. Porque en definitiva, su inventiva y utilización pertenece mayoritariamente a los sectores populares, y es el resultado de buscar maneras de llamar a las cosas. Cosas que en muchos casos suceden por obra y gracias de “gente educada” que se encuentra pisoteando cabezas, pero eso sí, limpito, aseado y bien hablado. Y es también una manera de confrontar con el lenguaje clásico, perteneciente a las clases dominantes e ilustradas.
El lunfardo sigue siendo la lengua de los sectores populares, y en ese mal hablar hay antes que nada una intención de diferenciarse y de confrontar con otro, no se trata de ignorancia en el sentido clásico de la acepción. Eso es lo que intentan esgrimir aquellos que son “educados”, “gente bien” (¿hay gente mal?) mucho más moditos, más correctos y mesurados. Y si se me permite el prejuicio, quizás también mucho más garcas, mas soretes; o quizás no, solo un poco más gatos, mas chetos, mas pelotudos.
¡Qué lindo suena!

Sr. Petardo

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