Otra vuelta al pasado. En la senda de la flexibilización laboral

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Otra vuelta al pasado.
En la senda de la flexibilización laboral El pasado mes de julio, el parlamento brasileño aprobó una reforma laboral de 115 artículos que vino a reemplazar la norma llamada Consolidación de las Leyes del Trabajo, norma que hasta el momento regulaba las relaciones de trabajo.

Este andamiaje legal data de 1943 y fue impulsado por el gobierno de Getulio Vargas con el fin de brindar protección al mundo del trabajo otorgando un marco de regulación restrictiva frente a los avances del capital, dentro de una economía basada en un modelo industrial. Las   reforma instauradas recientemente sientan un pésimo antecedente para los trabajadores del continente.
El gobierno corrupto e ilegítimo de Michel Temer, emanado de un golpe institucional contra la presidenta Dilma Rousseff propuso que los sectores populares del Brasil se conviertan en carne de cañón para la experimentación de reformas conservadoras que tienen la mira puesta en la organización sindical y en la precarización de las condiciones de trabajo.

¿Qué es lo que se “reforma” cuando hablamos de reforma laboral? En principio hablamos de una reestructuración profunda en la relación entre trabajadores y
patrones o, dicho de otro modo, entre capital y trabajo. Estas medidas tienden a beneficiar al mundo empresarial en perjuicio de la calidad de vida de millones de
personas que viven dignamente de su trabajo.
“Flexibilizar” las condiciones y la legislación laboral supera el mundo abstracto de las ideas y tiene su correlato feroz en nuestra cotidianidad, en nuestro acceso a bienes y servicios y a derechos básicos como pueden ser medicamentos o alimentación.
Echemos un vistazo al oscuro panorama de Brasil: su reforma otorga peso a las negociaciones a nivel empresa y son vinculantes independientemente de la negociación nivel sectorial. O sea, erosiona las paritarias por rama de actividad y promueve negociaciones por empresa, lo que tiene por resultado la debilitación del conjunto.
Además, habilita los despidos masivos con el causal de “mejora de competitividad” creando la perversa figura de “despido de mutuo acuerdo” donde el empleador reduce el tiempo de anuncio del cese de la relación laboral a 15 días mientras que el trabajador puede acceder al 80% de su indemnización pero dejando de percibir el derecho de Seguro de Paro. 

Con la excusa de relaciones laborales “modernas” se le otorga a los empleadores la libertad para fijar unilateralmente jornadas laborales y la ampliación de las contrataciones precarias en su extensión y duración, con el fin de “abaratar la mano de obra” instaurando, por ejemplo, la figura de “contratación intermitente” (esto es trabajar de vez en cuando) reduciendo además derechos salariales, de descanso y licencias por maternidad.
Ataca la organización de los trabajadores sindicalizados buscando la negociación individual e ignorando las negociaciones colectivas.
Se permite la terciarización en cualquier etapa de la relación laboral y circunscribe a algunas cuestiones específicas las homologaciones de derechos de trabajadores terciarizados con respecto a los de planta.

La reforma terminó con el impuesto sindical obligatorio dejando a la libre voluntad de la empresa la colecta de los aportes Página 4 de los trabajadores. En este sentido creó además una “Comisión de Representantes” sin vínculo sindical para mediar en las relaciones de empleados y empleadores sin intervención de los sindicatos.


Todas estas medidas profundamente regresivas, lejos de tratarse de un caso local impactan notoriamente en la vida política y económica regional, al punto tal que ni bien fue sancionada en el parlamente brasileño, el presidente Mauricio Macri y sus funcionarios salieron a festejarla como un triunfo y un modelo a seguir. La gran prensa concentrada llenó sus editoriales hablando de la necesidad de “actualizar” las leyes laborales a los caprichos del mercado.
Incluso el propio Mercosur se resquebraja frente a la reforma laboral brasileña.

Y esto se debe a que las dos principales economías - Brasil y Argentina - son competitivas entre sí más que complementarias.
Si a este obstáculo fundamental para la integración regional le sumamos un “abaratamiento de la mano de obra” de Brasil (ya lo dijimos, en realidad una precarización en la calidad de vida de los trabajadores) probablemente no será posible la supervivencia del bloque tal como lo conocemos, a menos que la Argentina asuma una reforma de igual calibre para mejorar la “competitividad”. Caso contrario sus manufacturas se verán depreciadas frente a las del vecino país.

Largamente conocida es la tradición de lucha de los trabajadores argentinos. Difícil imaginar a este pueblo tolerando pasivamente semejante desbarajuste. La primera herramienta es la toma de conocimiento de las amenazas que se ciernen sobre las conquistas logradas. Frente al voraz apetito de los mercados y de los gobiernos títeres de sus intereses, la organización fue y es la primera y última barrera de contención de nuestros derechos. No va a ser la primera vez que enfrentemos medidas de este tipo. Seguramente tampoco la última, pero como cantó el gran Zitarrosa:
“…Dice mi pueblo que puede leer en su mano de obrero el destino y que no hay adivino ni rey
que le pueda marcar el camino que va a recorrer…”

Dionela Guidi