Si nos organizamos, nos cuidamos entre todos

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No estamos angustiados, ni tristes, ni preocupados. Tampoco sorprendidos. Cuando uno conoce la historia, sabe lo que se viene en el horizonte. Saberlo nos permite anticiparnos, pertrecharnos y abroquelarnos. En definitiva, ocuparnos y tomar cartas en el asunto.

La historia, como disciplina, es algo relativamente reciente en su forma socialmente extendida. Las civilizaciones, los pueblos, hace 300 o 500 años, no conocían la historia del mundo y de sus procesos sociales, políticos y económicos. Incluso, no conocían las formas de la guerra de otros pueblos. Quienes habitaban este continente al llegar los europeos, no tenían demasiado claro quiénes eran esos sujetos que venían en grandes embarcaciones, con armas de materiales desconocidos y montando animales de larga cabellera, extraños en estas tierras. Ese desconocimiento no les dio tiempo para organizarse y defenderse. Fueron derrotados, sometidos y aniquilados.

Nosotros, como pueblo, no desconocemos. Tenemos registro oral y escrito de las cosas que nos han ido sucediendo. Tenemos memoria colectiva, al menos, de lo que ha acontecido en el último siglo. La oligarquía, la limitación de la democracia, los fraudes, el rol de las Fuerzas Armadas y de (in)seguridad, las proscripciones, los bombardeos y fusilamientos, las desapariciones forzadas, los alzamientos militares sistemáticos, la dilapidación del patrimonio público, la rifa de las empresas del Estado, el endeudamiento desmesurado e impagable que cae sobre la espalda de los trabajadores y que solo sirve al enriquecimiento de un pequeño núcleo que se ha dedicado a fugar plata desde casi siempre. Eso está guardado en la memoria. No es pasible de subjetividades, de “posverdades”, sino que son hechos concretos cuyo fin fundamental era someter y explotar al pueblo, que ganen poco y que permitan que el pequeño grupo que se la lleva siempre, se la lleve en mayor cantidad. Las presidencias de Perón y de Kirchner-Fernández no lograron impedir que la sigan juntando con pala pero sí, al menos, repartirla en forma un poco más justa. Eso, para la oligarquía y las multinacionales, es un sacrilegio que merece, en los casos de mayor resistencia popular, el exterminio de una parte de la población.

Eso es lo que conocemos y de ahí que no nos sorprenda la forma en que una parte del Poder Judicial y de los medios de comunicación actúan articuladamente con el Gobierno y con las grandes corporaciones para defender sus privilegios. La última dictadura cívico-militar operó según los mismos patrones y apoyos. No hay grandes novedades. Tal vez, mutaron algunos contenidos, algunas formas, pero la esencia es la misma. Los fines también son los mismos.

En ese escenario, se reinstala la represión como la forma de atender el conflicto social. El Gobierno Nacional despliega una política que va golpeando a diversos sectores y cuando esos sectores articulan para ejercer el legítimo derecho a la pro testa, agotados por un diálogo inconducente que solo sirve para que el Gobierno gane tiempo, son reprimidos mediante la fuerza policial. En paralelo, desde los medios de comunicación se faranduliza la política, y desde los juzgados se la judicializa. Con ese trabajo de pinzas, las personas de a pie caen en la desesperanza, en el individualismo o en el cinismo. Esto obtura los canales a través de los cuales el conflicto social debería ser canalizado. ¿La consecuencia? El estallido. No narramos desde la especulación. Lo hacemos desde la historia. La conocemos y por eso podemos avizorar lo que se viene. El Gobierno, y el poder detrás del mismo, han avanzado posiciones pero no tanto como las deseadas. Han asestado golpes pero también recibieron algunos. Ni bien desembarcaron dijeron que iban a aplicar un protocolo antipiquete. Pero recién ahora comienzan a mostrar su cara represiva. Y esto sucede porque la organización popular en nuestro país sigue siendo masiva. Las marchas a Plaza de Mayo convocan, tranquilamente, 300 mil personas, tanto por razones sindicales, políticas, de derechos humanos. Las temáticas son diversas, las marchas se pueden suceder con pocos días de diferencia, pero la Plaza, la Avenida de Mayo y las Diagonales se llenan. El plan de ajuste que anhelan no pudieron aun plasmarlo del todo. Ajustaron, es cierto, pero no todo lo que pretendían antes de tomar la manija del Gobierno Nacional. Comenzaron a reprimir, cada vez con mayor intensidad y mostrando la cara de otros tiempos: infiltración de organizaciones y en las movilizaciones; uso indebido e imprudente de balas de goma (disparando de cerca y por encima de la cintura, sobre todo a la altura de la cabeza); uso de armas de fuego; razzias; y lo peor de todo, desaparición forzada. Con este escenario y este nivel de construcción de “verdades mediáticas” que en realidad son mentira, donde los que comienzan los desmanes en una movilización son los mismos policías, vestidos de civil, que después te meten preso cuando se ponen el chaleco de la policía de la ciudad, o sea, en este mundo bizarro donde
el que hace el quilombo y el que lo reprime es el mismo sujeto, no cabe otra que organizarse más densamente. En la movilización del 1ro de septiembre, cumplido un mes de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, donde se plasmaron estas prácticas policiales, desde ATUNLa no habíamos convocado a movilizar orgánicamente. Muchos compañeros fueron “sueltos”, como se dice en la jerga a aquellos que no van en el marco de una organización. Lo sucedido indica que ya no podemos ir sueltos como creíamos que se podía sino que ahora solo cabe ir organizado. Mínimamente, y como en los viejos tiempos (otro aprendizaje histórico), establecer cadenas de aviso para constatar que todos volvieron a sus casas, y que están a salvo. Pero además de esto, profundizar la organización popular. Ir y moverse en grupo. Estar identificados con pecheras y banderas de la organización. Llegar e irse del lugar todos juntos. Dispersarse recién cuando el grupo se aleja del epicentro de la concentración.

No es lo mismo perseguir, reprimir y apresar a individuos que intentan escapar solos y desperdigados que intentar reprimir a un conjunto amplio y cerrado de personas organizadas. Hay que ver si la policía tiene disposición represiva si se le plantan varios miles de “caza vampiros”, templados por años de lucha, trabajo físico y la ingesta de algunas sustancias revitalizantes. No por nada actúan como actúan. La policía elige sus escenarios porque sabe que está en inferioridad numérica y de fuerza. No le facilitemos esos escenarios. Generemos las condiciones para plantar en la calle, cada vez que salgamos, la contundencia del pueblo organizado. Frente a esa contundencia, no hay, en el marco democrático, represión posible.

Comisión Directiva de ATUNLa