Las “venas abiertas” de la Argentina dependiente

Mire amigo no venga con que los gringos son gente “dada” 

Yo lo vi a MIster “Coso” tomando whisky con los del “clú” 

Pero nunca los” vide” tomando mate con la peonada

No dirá que “chupaban” y que brindaban a mi “salú”

Alfredo Zitarrosa

Todavía resuenan los ecos de las balas en la Plaza de Mayo, allá por diciembre de 2001.

El modelo económico, político y social que explotó ese diciembre candente hoy es reeditado por la Alianza Cambiemos con el salvajismo de antaño.

El triunfo macrista en las elecciones de medio término envalentonó al “equipo amarillo” a prender la topadora del ajuste.

Despidos en el sector público y privado, tarifas de servicios básicos por las nubes, recortes presupuestarios a instituciones estatales y prestaciones básicas de salud y educación, inflación galopante, salarios profundamente deteriorados e industrias y comercios pequeños y medianos en crisis parecen más los componentes de una bomba social que a medidas “racionales” de política económica.

Hay un elemento particularmente sensible en el derrotero argentino: la deuda externa.

A lo largo de toda nuestra historia como país formalmente independiente hemos tenido que lidiar con la injerencia extranjera y con el endeudamiento como forma extorsiva de sujeción colonial (con la excepción del 2do gobierno peronista donde la deuda externa es cancelada en su totalidad).

Sin embargo, desde la salida de la última dictadura militar, el factor deuda externa pendula como una horca sobre la cabeza de los argentinos.

Al finalizar la dictadura genocida, la deuda externa había ascendido de 8,2 mil millones de dólares (1976) a 45 mil millones de dólares (1982).

Los gobiernos democráticos posteriores, en la mayoría de los casos, profundizaron las políticas económicas tendientes a aumentar el peso de la deuda externa en la economía nacional y con ello la intromisión de los organismos multilaterales de crédito en la toma de decisiones y el “monitoreo” de nuestras cuentas públicas, con el consecuente daño a nuestra soberanía.

Tras dos años y medio de endeudamiento descontrolado, el gobierno de Mauricio Macri decidió retornar al endeudamiento con el FMI, tras el corte de crédito vía otros organismos a comienzos de este año.

La deuda aumentó un 35% en tan solo dos años de gestión macrista, lo que equivale ya a un 60% de nuestro PBI.

La feroz corrida bancaria que ocurrió entre abril y mayo no sólo llevó al dólar de 19 a 28 pesos, sino que produjo una salida de capitales por más de 10 mil millones de dólares de reservas del Banco Central.

En medio de la “tormenta” autoproducida, el acuerdo con el FMI remueve espectros del pasado.

El saber popular lo dice: “nos mean y dicen que llueve”. Los costos del pedido de 50.000 mil millones de dólares cargaran sobre las espaldas del pueblo humilde y trabajador.

Lejos quedó aquel “desalojo” que hizo Néstor Kirchner a los funcionarios del FMI del Ministerio de Economía. Christine Lagarde, pope del fondo, fue recibida como un mesías por el servilismo macrista.

Cambiemos promete a su Reina, en la carta de intenciones que le envió mayor recorte a los subsidios de energía y transporte, mayor recorte del empleo público y la obra pública, quita de impuestos a sectores concentrados de la economía y reducción de los fondos que se destinan a las provincias.

El invierno será largo, prometieron también.Como cantó el enorme Zitarrosa, quien abre y cierra esta nota “no hay nada más sin apuro que un pueblo haciendo la historia”. Aquellos se creyeron los dueños del destino del país se toparon más temprano que tarde con aquel gigante llamado pueblo que tuerce el curso de las cosas, y que cómo también cantó otro trovador, “alguien lo dio por muerto, cuando era siesta nomás, la que dormía”.

 

Dionela

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