EL LAGO

Era una tarde de invierno, de esas que invitan a mirar al sol con los ojos cerrados. Papá había decidido pasar el fin de semana en casa de mis tíos, quienes vivían en una cabaña cerca de la frontera. No había sorpresas para esos dos días: mamá y tía Ana se pondrían al día con las anécdotas de los chicos y cocinarían “cosas ricas”, como decían ellas; con mis primos andaríamos por el bosque; y finalmente los hombres irían de cacería.

 Tras cinco horas en auto, llegamos. Los reencuentros siempre eran alegres y ese día no fue la excepción. Entramos a la casa y tía Ana había puesto sobre la mesa chocolate caliente con torta de manzanas, mi preferida. Yo me serví y fui a sentarme frente a la salamandra. Mi tío la había construido con sus propias manos y le había agregado el detalle de unas ranuras a la puerta frontal. Entonces, uno podía ver los troncos retorcerse con el fuego. Podía estar horas frente al artefacto contemplando las vigorosas llamas, escuchando el rebote de las chispas contra el metal y sintiendo ese calor en mi cara.

Como les dije, el programa del fin de semana ya estaba pautado. Así que papá y mi tío tomaron unas botas, sus escopetas, y salieron en medio de una leve nevada. Pregunté si podía acompañarlos y papá me dijo que era peligroso, porque pasarían por lagos con dragones acuáticos que eran muy malos. 

 Mamá ayudó a levantar la mesa y mis primos comenzaron a insistirme con ir al bosque a juntar ramitas para la salamandra. Con un poco de desgano y frente a la mirada inquisidora de mi madre, acepté. No era que no me gustara, al contrario, me encantaba perderme entre los infinitos árboles, pisar las hojas y experimentar fragancias inimaginables en la ciudad; pero a veces mis primos aprovechaban mi inocencia capitalina y me jugaban alguna broma. Tía Ana nos dio unos canastos y ahí salimos.  

 Recolectamos muchas ramitas, especialmente de Eucaliptus, para que la casa quedara perfumada cuando se quemaran, y volvimos. El paseo había sido corto porque la nevada no cesaba y a mis primos no les gustaba. Lejos habían quedado mis ganas de armar un muñeco de nieve o hacer angelitos. Ilusiones de Hollywood.

 Entramos y fui directo a sentarme frente a la salamandra. Mamá me preguntó si estaba bien y yo asentí con la mirada. El fuego me seducía y provocaba un efecto de somnolencia, en él lograba perderme con historias increíbles, como la vez que volaba sobre un elefante con alas o en la que, convertida en sirena, exploraba las maravillas del mar. En esa oportunidad decidí ser una heroína que debía recoger un tesoro antes de que cayera en las garras del malvado villano. Iba galopando a toda velocidad en un caballo blanco, en medio del bosque, cuando de repente entró mi tío con papá en brazos. Las mujeres gritaron y corrieron a ver qué había pasado, pero mi tío las alejó y subió la escalera hasta el primer piso, donde estaban los cuartos. 

 -¡El dragón!- pensé

 Me quedé contemplando la escena sin comprender mucho, aunque sí vi que papá estaba empapado y sin las botas. Me levanté para ver qué pasaba, pero tía Ana me pidió que no subiera y me explicó que papá había caído por la grieta de un lago congelado. Mamá lloraba.

 Tío bajó y pidió más frazadas porque papá no paraba de temblar. Luego nos miró a mis primos y a mí que estábamos sentados frente a la salamandra y nos hizo el gesto de la lechuza. Nosotros entendimos y el silencio en la

cabaña fue total.

 Cayó la noche. Yo seguía mirando las ramitas retorcerse en medio de las llamas, mientras elaboraba un plan para combatir al horrible dragón acuático que habitaba en el lago y que había provocado que papá se cayera. Obviamente no podía ir sola, porque no conocía el camino. Tendría que hablar con papá. Estaba por levantarme cuando sentí pasos en la escalera de madera y vi a Tía Ana subir al cuarto. Oí unos murmullos y a los pocos minutos apareció mamá con los ojos abrumados y sin dejar de sollozar. Mi tía le sirvió una sopa caliente. Mamá tomó unos sorbos y dejó la cuchara a un costado. Corrió el plato, apoyó los brazos cruzados sobre la mesa y se dejó caer.

 En ese momento, aproveché y subí. Entré despacito, sin hacer ruido, y me acerqué hasta la cama. Ahí estaba papá, cubierto con decenas de frazadas, con la mirada petrificada y los labios morados. Lo llamé, pero no me respondió. Entonces, le acaricié la cara pálida y fría y, mágicamente, papá giró la cabeza y me sonrió.

 -Princesita mía, ¿por qué estás triste?

 -¿Te vas a morir?

 -No, mi amor.

 -Tengo un plan para combatir al dragón acuático que hizo que te cayeras en el lago.

 Papá volvió a sonreír.

 -Mañana me lo contás. Ahora necesito descansar y una cosita más.

 Lo miré, sin saber qué decir.

 -Un abrazo tuyo.

 Me arrojé sobre papá, pero él perdió el equilibrio y caímos juntos contra el piso. El golpe se sintió en toda la casa. Mamá entró corriendo y me encontró a mí acostada junto a la cama y a papá tieso y con los ojos abiertos y helados, tal como lo había visto al entrar a la habitación.

Marisa  Ardizzone

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