Filosofía Yupanqui para habitar el silencio

Tiempos duros, oscuros, inciertos.

Con demasiadas pérdidas, probablemente más de las que hubiéramos imaginado.

 Cerramos un ciclo de retrocesos con la certeza de que estuvimos de pie frente al adversario que no descansa en la quita de conquistas y derechos.

 Como NODOCENTES nos toca despedir al  compañero Nelso Farina, un compañero que dedicó su vida a mejorar la de todos nosotros, a luchar por el reconocimiento y la valorización de nuestro trabajo dentro de la Universidad.

 Mientras escribo estas palabras me cuestiono sobre la idea de duelo, ese puñal que nos clava la parca y nos arranca los seres queridos sin posibilidad de volver atrás, de pedir un minuto más, una palabra más, un abrazo más.

 ¿Cómo se le habla al que ya no está, cómo se le habla a los que quedan? ¿Cómo simulamos un encuentro en dónde ese ser escucha y recibe desde su entorno  todo lo que significó en su paso por la vida?

Existen miles de rituales de despedida en la variada mixtura cultural que compone la humanidad. Existen los lúgubres y los festivos, existe la reclusión y también la celebración, cada uno acorde a su cosmovisión sobre el significado de la vida y de la muerte.

 Cada vez que cuestiono el curso de las aguas y los designios divinos, cada vez que puteo la suerte y sus ficciones, cada vez que me calzo el traje de fajina del bando vencido y me apronto otra vez a la batalla, cada vez que el destino asalta los caminos de la buena senda, de lo que debió ser y no fue, de la víspera, de alguna manera vuelvo a la raíz. Y para mí la raíz es una herencia que algunos pocos supieron sintetizar. Que baja de las cumbres a los llanos, que atraviesa mares y ríos, que se entronca en todas las aristas, en todos los vértices de las lenguas, las pieles y las tradiciones que vinieron a amucharse en esta porción del mapa.

 Yupanqui nos enseñó a habitar el silencio.  A hacerlo canción de protesta, arma de trinchera, señal de paz. A componernos en el silencio cuando estamos rotos. El silencio, cuando es decisión firme y no imposición opresora desde afuera, es puño cerrado y estrategia. Significa que optamos por la reflexión introspectiva, no importa si individual o colectiva, por encima del berrinche y la blasfemia. No quiero decir que hay una forma correcta de doler y sentir. Pero hay mucho que aprender de la experiencia del poeta en esta materia.

 Para Atahualpa todo momento de comprensión y entendimiento implica una sociedad con el silencio. Entender el monte, la laguna, la huella del camino, los vientos, las hojas y los árboles, el relincho del caballo. Entender el amor, la soledad y las penas. Toda enseñanza envuelve una dimensión del silencio.

 El hombre, ese ser cósmico compuesto de todas las cosas del universo, es también una caja de resonancia donde hace eco el silencio:

Y así voy por el mundo / sin edad ni destino / Al amparo de un cosmos que camina conmigo / Amo la luz, y el río, y el silencio y la estrella / y florezco en guitarras porque fui la madera.

 Atahualpa buscaba descifrar el silencio para hallar el secreto del mundo natural y también del mundo cultural, de las ceremonias y ritos, de los cantos y las danzas. La nostalgia de la tierra de uno la endulzaba con silencio:

No me dejes partir, viejo algarrobo/ levanta un cerco con tu sombra buena/ átame a la raíz de tu silencio/donde se torna pájaro la pena.

  Para Yupanqui no hay grito colectivo sin silencio:

El mundo está llenito de forasteros / campesinos sin campo / cerros sin indios / que silencio terrible sobre nosotros / forjemos con silencios el alto grito.

 Quizás debamos conquistar el silencio. El silencio no es emoción pasiva, es elaboración activa del destino.

  Es darse el momento de concebir nuestros llantos, nuestras victorias y nuestros fracasos. Es el tiempo de agitar el espíritu para fortalecerlo y curarlo.

  Es balance y es agradecimiento. Es tomar nota del vacío. Es celebrar nuestros vivos y nuestros muertos. Es un adiós espeso parido desde las entrañas del alma. Quizás no haya mejor cosa qué decir.

 Vendrán tiempos mejores, lo anuncian las chicharras del verano. Mientras tanto, de la mano, emprendamos el viaje.

  Alguien me dijo unas raras palabras / refiriéndose a esas nubecitas blancas, quizás lejanas ya, que embellecían el paisaje / Eso que usté está mirando no son nubes, amigo / Yo creo que son vidalas olvidadas / esperando que alguien comprenda su silencio / entienda su palabra/ intuya su canción.

Dionela

 

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